Juan 5:36-40
Las obras, el Padre y las Escrituras testifican de Cristo
36 Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha dado para llevar a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. 37 Y el Padre que me envió, ese ha dado testimonio de mí. Pero no habéis oído jamás su voz ni habéis visto su apariencia. 38 Y su palabra no la tenéis morando en vosotros, porque no creéis en aquel que Él envió. 39 Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; 40 y no queréis venir a mí para que tengáis vida. |
Interpretación correcta de Juan 5:36-40
En esta sección, Jesús presenta las pruebas más contundentes de Su identidad divina. Ya mencionó el testimonio del Padre y el de Juan el Bautista; ahora añade dos testigos más:
Sus propias obras, y
Las Escrituras.
Jesús expone que la incredulidad de los judíos no se debe a falta de evidencia, sino a la falta de vida espiritual en sus corazones. Ellos examinan la Biblia, pero no reconocen a Aquel de quien ella habla. Esta parte del discurso de Jesús es una de las más penetrantes y confrontadoras del capítulo.
1. Las obras de Jesús testifican de Su origen divino
“Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha dado para llevar a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado.” (v. 36)
El testimonio de Juan era importante, pero el de las obras de Jesús es mayor. Las obras incluyen:
Milagros
Enseñanza divina
Sanidades
Expulsión de demonios
Su autoridad sobre la naturaleza
Su poder para dar vida
Cada obra señala que:
Jesús es el Mesías prometido (Isaías 35:4-6).
Dios Padre lo respalda plenamente.
El poder de Dios opera a través de Él.
No son actos aislados, sino parte de una misión que el Padre le dio. Es decir, los milagros no son solo señales de compasión, sino pruebas de su identidad divina.
2. El Padre testifica de Jesús, pero los judíos no lo reconocen
“Y el Padre que me envió, ese ha dado testimonio de mí. Pero no habéis oído jamás su voz ni habéis visto su apariencia.” (v. 37)
El Padre dio testimonio en varias formas:
En el bautismo de Jesús: “Este es mi Hijo amado” (Mateo 3:17).
En la transfiguración (Mateo 17:5).
A través de las obras de Cristo (Juan 10:37-38).
En las Escrituras inspiradas.
Pero los líderes judíos, a pesar de tener la Ley y los Profetas, nunca oían ni veían al Padre. No porque Dios no hablara, sino porque ellos eran espiritualmente sordos y ciegos. La revelación divina requiere un corazón que cree (Juan 7:16-17).
3. La falta de fe revela que la Palabra no vive en ellos
“Y su palabra no la tenéis morando en vosotros, porque no creéis en aquel que Él envió.” (v. 38)
Jesús confronta a los líderes religiosos diciéndoles que, aunque conocen la Escritura exteriormente, la Palabra de Dios no está viva en ellos.
Aquí “su palabra” se refiere a las Escrituras (el Antiguo Testamento), pero Jesús muestra que si la Escritura realmente habitara en sus corazones, los llevaría a creer en Cristo, porque toda la Escritura apunta a Él.
Esto enseña que:
Se puede tener conocimiento bíblico sin vida espiritual.
La verdadera comprensión de la Escritura se manifiesta en la fe en Cristo.
Donde no hay fe, no hay luz; donde no hay luz, no hay vida.
La fe no nace primero del estudio intelectual, sino del nuevo nacimiento (Juan 3:3).
4. Las Escrituras dan testimonio de Cristo
“Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí;” (v. 39)
Los líderes judíos estudiaban la Escritura con gran dedicación. Creían que el simple acto de examinarla les garantizaba vida eterna. Pero Jesús corrige esa idea: la Escritura no tiene vida en sí misma, sino que señala al único que puede dar vida, Cristo.
La Biblia es como un dedo apuntando a Jesús. Si uno mira el dedo y no ve hacia dónde apunta, pierde el sentido.
Jesús explica que toda la Escritura —toda— apunta a Él. No solo profecías aisladas, sino todo el sistema revelado por Dios:
Moisés anuncia un profeta mayor que él (Deuteronomio 18:15).
Los sacrificios de Levítico anticipan al Cordero perfecto que quitaría el pecado.
El sistema sacerdotal prefigura a Cristo como Sumo Sacerdote eterno (Hebreos 7).
Los profetas anuncian su sufrimiento, gloria y reinado (Isaías 53; Daniel 7; Miqueas 5:2).
Los Salmos describen su pasión, su gloria y su reinado (Salmos 22 y Salmos 110).
Por eso Jesús dice:
“ellas son las que dan testimonio de mí;”
La Escritura no fue dada para producir simples estudiosos, sino para guiar a los pecadores hacia Cristo. Quien lee la Biblia sin llegar al Salvador, la está leyendo de manera incompleta y sin vida.
5. La tragedia de la incredulidad: rechazar la vida
“y no queréis venir a mí para que tengáis vida.” (v. 40)
Jesús señala aquí el verdadero problema de la incredulidad: no es incapacidad, sino falta de disposición. Él no dice: “no podéis venir”, sino: “no queréis venir”. A pesar de tener la revelación de las Escrituras, el testimonio de Juan, las obras del Padre y al Mesías frente a ellos, su rechazo es voluntario.
La incredulidad no es una incapacidad espiritual causada por no haber sido elegido, ni por la falta de una regeneración previa, ni por una supuesta “depravación total” que haga imposible creer, sino que es un asunto moral y voluntario del corazón (Juan 3:19-20).
Jesús responsabiliza a las personas por "no querer" venir a Él, no de "no poder".
La vida eterna no se encuentra en la religión, en las tradiciones, ni en el estudio bíblico como fin en sí mismo, sino únicamente en Cristo.
Las Escrituras fueron dadas para conducirnos hacia Él, pero quienes no quieren venir, permanecen en muerte espiritual.
Implicaciones teológicas:
Los milagros de Jesús confirman su misión divina.
Dios Padre testifica plenamente de su Hijo.
La Escritura tiene un propósito cristocéntrico: señalar al Mesías.
La incredulidad no proviene de falta de pruebas, sino de un corazón endurecido.
La vida eterna no está en las Escrituras en sí mismas, sino en Cristo revelado en ellas.
Aplicaciones espirituales:
No busques conocimiento sin transformación: conocer la Biblia sin venir a Cristo es quedarse en muerte espiritual.
Deja que la Palabra more en ti: no solo léela; créele y obedece.
Examina tu corazón: ¿buscas a Cristo en las Escrituras o solo información?
Reconoce que la vida está en una Persona: ir a Cristo trae vida, paz y salvación.
Pide que el Espíritu te abra los ojos: la Escritura se entiende plenamente solo desde un corazón regenerado.
Resumen:
En Juan 5:36-40, Jesús declara que sus obras y las Escrituras dan testimonio irrefutable de su identidad divina. El Padre ha confirmado quién es Él, pero los judíos permanecen ciegos porque la Palabra no vive en ellos. Aunque examinan las Escrituras, rechazan al Hijo, perdiendo así la vida que dicen buscar. Este pasaje revela que la verdadera fe no consiste en conocimiento intelectual, sino en venir a Cristo, la fuente de vida eterna.
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