Juan 1:29:
El Cordero de Dios
29 Al día siguiente, Juan ve a Jesús que viene hacia él, y dice: “¡Miren! ¡El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!
Juan 1:29 (LPP)
Interpretación correcta de Juan 1:29
Después del diálogo entre Juan el Bautista y los enviados de Jerusalén (Juan 1:19–28), el relato continúa al día siguiente. En ese momento Juan ve a Jesús venir hacia él y pronuncia una declaración acerca de Él.
(v. 29a)
«Al día siguiente, Juan ve a Jesús que viene hacia él,…»
El relato continúa señalando que estos acontecimientos suceden “Al día siguiente”. El evangelista introduce así una nueva escena dentro de la narración.
En ese momento, Juan ve a Jesús que se acerca hacia él. La atención del relato se dirige ahora claramente hacia Jesús, quien hasta este punto había sido mencionado por Juan el Bautista, pero todavía no había sido señalado directamente en la escena.
La llegada de Jesús prepara la declaración que Juan pronunciará a continuación.
(v. 29b)
«...y dice: “¡Miren!…»
La expresión “Miren” es una forma de llamar la atención de quienes escuchan. Con esta palabra, Juan dirige la mirada de los presentes hacia Jesús.
La narración muestra así el momento en que Juan señala públicamente a Aquel de quien había estado hablando. La declaración que sigue identifica a Jesús con un título que introduce el significado de su misión.
(v. 29c)
«…¡El Cordero de Dios…»
Con esta declaración, Juan identifica a Jesús mediante la imagen de un cordero sacrificial. La expresión evoca el lenguaje sacrificial presente en las Escrituras de Israel, donde el cordero aparece asociado al sacrificio y a la expiación.
La forma de la expresión es significativa: Juan no habla simplemente de “un cordero”, sino de “el Cordero de Dios”, indicando que pertenece a Dios y que ha sido provisto por Él.
El título introduce así una dimensión que el Evangelio desarrollará más adelante: la relación entre la misión de Jesús y el problema del pecado.
Para los oyentes judíos que escuchaban a Juan el Bautista, la imagen del cordero podía recordar diferentes escenas del Antiguo Testamento, como los sacrificios del templo o el cordero de la Pascua. En cualquier caso, la declaración de Juan señala que en Jesús se cumple aquello hacia lo cual apuntaban estas imágenes.
(v. 29d)
«…que quita el pecado…»
El verbo indica una acción de remover o llevar el pecado. De esta manera, el testimonio de Juan presenta a Jesús en relación directa con el problema del pecado.
Es significativo que el texto hable del “pecado” en singular. La expresión no se refiere únicamente a actos individuales, sino al pecado como realidad que afecta a la humanidad.
La declaración recuerda el lenguaje de las Escrituras donde el pecado es llevado o cargado por otro. En ese sentido, el testimonio de Juan se relaciona con la idea, presente en el Antiguo Testamento, de un siervo que carga con la iniquidad del pueblo (Isaías 53:4–6).
Así, Juan señala que la obra de Jesús está vinculada con el pecado y su eliminación. El Evangelio mostrará más adelante cómo esta obra se relaciona con la condición de oscuridad en la que se encuentra el mundo.
(v. 29e)
«...del mundo!»
La expresión “del mundo” amplía el alcance de la declaración. Hasta este momento del relato, la escena se desarrolla en el contexto de Israel y de sus expectativas mesiánicas. Sin embargo, Juan utiliza una palabra que introduce una dimensión más amplia.
En el Evangelio de Juan, el término kósmos [κόσμος] “mundo” se usa con frecuencia para referirse a la humanidad en su conjunto, especialmente en su condición de alejamiento de Dios.
Al decir que el Cordero de Dios quita el pecado del mundo, el testimonio de Juan presenta la obra de Jesús en relación con ese problema universal.
De esta manera, la declaración no se limita a una sola nación o grupo, sino que introduce una perspectiva más amplia acerca de la misión de Jesús.
Implicaciones teológicas
Jesús es identificado como el Cordero de Dios: con este título, Juan relaciona a Jesús con el lenguaje sacrificial presente en las Escrituras de Israel.
La obra de Jesús se presenta en relación con el pecado: Juan declara que el Cordero de Dios quita el pecado, introduciendo así el problema central que el Evangelio desarrollará.
La declaración tiene un alcance amplio: al hablar del pecado del mundo, el testimonio de Juan sitúa la obra de Jesús en relación con la humanidad en general, no solo con un grupo particular.
Aplicaciones espirituales
Dirige tu mirada hacia Cristo: la declaración de Juan comienza con un llamado a mirar: “He ahí”. La atención del oyente es dirigida hacia Jesús.
Reconoce la gravedad del pecado: el testimonio de Juan presenta el pecado como un problema real que requiere ser quitado.
Comprende el lugar central de Cristo: en este pasaje, la solución al problema del pecado no se encuentra en otro lugar, sino en la persona a quien Juan señala.
Estas aplicaciones deben llevarse a la vida diaria por medio de la oración, el examen sincero del corazón delante de Dios, y una respuesta concreta de obediencia a la Palabra.
Pregúntate: ¿Estoy mirando verdaderamente a Cristo como Aquel que quita el pecado, o estoy buscando en otro lugar lo que solo se encuentra en Él?
Resumen
En Juan 1:29, Juan el Bautista identifica públicamente a Jesús como el Cordero de Dios y declara que Él quita el pecado del mundo. Con estas palabras introduce el significado de la misión de Jesús y relaciona su obra con el problema del pecado que afecta a la humanidad. La declaración de Juan dirige la atención hacia Jesús como Aquel en quien se encuentra la respuesta a ese problema, y abre una perspectiva que trasciende el contexto de Israel al mencionar al mundo.
Oración final
Padre nuestro, te damos gracias porque en Tu gracia has dado al mundo al Cordero de Dios. Te alabamos porque en Jesús has provisto la respuesta al problema del pecado, y porque por medio de Él has dirigido nuestra mirada hacia la esperanza que viene de Ti.
Señor, enséñanos a mirar siempre al Cordero que Tú has señalado. Líbranos de confiar en nosotros mismos y ayúdanos a reconocer nuestra necesidad de la obra que Tú realizas por medio de Tu Hijo.
Haz de nosotros también testigos fieles, como Juan el Bautista, que señalen con claridad hacia Cristo. Que nuestra vida y nuestras palabras dirijan la atención hacia Él, para que otros también puedan conocerle.
Te lo pedimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
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