Juan 8:48–59:
Jesús revela su identidad ante el rechazo
Juan 8:48–59 (LPP)
Interpretación correcta de Juan 8:48–59
Después de declarar que Sus adversarios no conocen verdaderamente a Dios porque rechazan al Hijo enviado por Él (Juan 8:39–47), el enfrentamiento llega a su punto culminante. Incapaces de responder a las palabras de Jesús, lo insultan y lo acusan de tener un demonio. Jesús continúa afirmando Su relación única con el Padre, promete vida a quien guarda Su palabra y finalmente declara una existencia e identidad que preceden a Abraham: «antes que Abraham existiera, Yo Soy».
(v. 48)
«Entonces los judíos respondieron y le dijeron: “¿No decimos con razón que tú eres un samaritano y que tienes un demonio?”.»
Sus adversarios responden con insultos en lugar de refutar lo que Jesús acaba de decir.
Llamarlo «samaritano» expresa desprecio dentro del contexto de la hostilidad existente entre judíos y samaritanos. Además, al acusarlo de tener un demonio intentan desacreditar espiritualmente Sus palabras.
La reacción resulta especialmente significativa después de que Jesús acaba de afirmar que ellos no son de Dios: en lugar de recibir Su acusación, presentan al propio Jesús como alguien apartado de Dios.
(vv. 49–50)
«49 Jesús respondió: “Yo no tengo un demonio; más bien, honro a mi Padre, mientras que ustedes me deshonran. 50 Sin embargo, yo no busco mi gloria; hay Uno que busca y juzga.»
Jesús rechaza directamente la acusación de tener un demonio.
Lejos de actuar contra Dios, Él honra al Padre, mientras Sus adversarios deshonran al Hijo que el Padre ha enviado.
Sin embargo, Jesús no busca Su propia gloria. Hay Uno que la busca y juzga: el Padre.
Por tanto, la deshonra de Sus adversarios no determina quién es Jesús. El Padre mismo vindica la verdad acerca de Su Hijo y juzga correctamente.
(v. 51)
«Con toda certeza les digo, si alguno guarda mi palabra, nunca jamás verá la muerte”.»
Jesús hace una promesa extraordinaria a quien guarda Su palabra.
Guardar Su palabra significa recibirla, conservarla y permanecer en aquello que Él ha enseñado. Esto conecta directamente con Juan 8:31, donde Jesús había dicho que el verdadero discípulo permanece en Su palabra.
La expresión «nunca jamás verá la muerte» no significa que quien cree no experimente la muerte física. El propio diálogo menciona que Abraham y los profetas murieron.
Jesús habla de una muerte que no tendrá dominio definitivo sobre quien recibe la vida que Él da. Aunque experimente la muerte física, quien guarda Su palabra posee una vida que la muerte no puede destruir.
Esto corresponde con lo que Jesús ya había declarado en Juan 5:24: quien oye Su palabra y cree ha pasado de muerte a vida.
(v. 52–53)
«52 Así que los judíos le dijeron: “¡Ahora sabemos que tienes un demonio! ¡Abraham murió y también los profetas; pero tú dices: ‘Si alguno guarda mi palabra, nunca jamás probará la muerte’!”. 53 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también están muertos. ¿Quién te haces a ti mismo?”.»
Sus adversarios entienden la promesa exclusivamente en términos de muerte física.
Abraham murió y también murieron los profetas, por lo que consideran absurda la afirmación de Jesús.
Entonces formulan dos preguntas decisivas:
«¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Abraham?»
y
«¿Quién te haces a ti mismo?»
Estas preguntas llevan el diálogo directamente hacia la identidad de Jesús.
(vv. 54–55)
«54 Jesús respondió: “Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria no es nada. Es mi Padre el que me glorifica, de quien ustedes dicen: ‘Él es nuestro Dios’. 55 Sin embargo, no lo han conocido, pero yo sí le conozco. Y si dijera que no lo conozco, sería un mentiroso como ustedes; pero lo conozco y guardo Su palabra.»
Jesús no fundamenta Su identidad en una exaltación propia.
Es el Padre quien lo glorifica, precisamente Aquel a quien Sus adversarios llaman «nuestro Dios».
Ahí está la contradicción: afirman pertenecer al Dios de Israel, pero no conocen verdaderamente al Padre ni reconocen al Hijo que Él glorifica.
Jesús, en cambio, declara que conoce al Padre y guarda Su palabra. Negar ese conocimiento para acomodarse a las acusaciones de Sus adversarios sería convertirse en mentiroso como ellos.
(v. 56)
«Abraham, el padre de ustedes, se regocijó de ver mi día; sí, lo vio y se gozó”.»
Jesús vuelve a Abraham, precisamente aquel de quien Sus adversarios se consideran hijos.
Pero Abraham no aparece rechazando a Jesús. Al contrario, se regocijó de ver Su día y se gozó.
Jesús no explica en qué momento concreto Abraham vio ese día, por lo que conviene no identificarlo de manera dogmática con un episodio específico.
Las Escrituras muestran que Abraham recibió promesas de Dios relacionadas con su descendencia y con la bendición que alcanzaría a las naciones (Génesis 12:3; Génesis 22:18). Jesús afirma ahora que Abraham contempló con gozo el día relacionado con Su propia venida.
Así, la apelación de Sus adversarios a Abraham se vuelve contra ellos: Abraham se gozó ante aquello que ellos ahora rechazan.
(v. 57)
«Entonces los judíos le dijeron: “¡¿Ni siquiera tienes cincuenta años y has visto a Abraham?!»
Sus adversarios vuelven a interpretar las palabras de Jesús desde una perspectiva puramente temporal.
Jesús había dicho que Abraham vio Su día, pero ellos transforman la afirmación en la pregunta de si Jesús pudo haber visto personalmente a Abraham.
Desde la edad visible de Jesús, consideran imposible una relación con alguien que había vivido siglos antes.
Su objeción prepara la declaración culminante del diálogo.
(v. 58)
«Jesús les dijo: “¡Con toda certeza les digo, antes que Abraham existiera, Yo Soy!”.»
Jesús responde con la declaración culminante del diálogo.
Existe un contraste deliberado entre Abraham, que llegó a existir, y Jesús, que declara:
«Yo Soy».
La expresión griega egō eimi, «Yo Soy», ya había aparecido de manera absoluta en Juan 8:24 y Juan 8:28. Aquí adquiere una fuerza todavía mayor porque Jesús no dice simplemente:
“Antes que Abraham existiera, yo existía”.
Dice:
«antes que Abraham existiera, Yo Soy».
El lenguaje recuerda las declaraciones mediante las cuales Dios se da a conocer en las Escrituras, especialmente Isaías 43:10 y, de manera más amplia, Éxodo 3:14.
Por tanto, Jesús afirma mucho más que una existencia anterior a Abraham. Al declarar «Yo Soy», se identifica con Dios mismo y afirma una existencia que trasciende la de Abraham.
La declaración revela la preexistencia de Jesús y, dentro del lenguaje de Juan y de las Escrituras, constituye una afirmación de Su identidad divina.
(v. 59)
«Así que levantaron piedras para lanzarle, pero Jesús fue ocultado, y salió del templo, pasando por en medio de ellos; sí, así se fue.»
La reacción es inmediata: toman piedras para lanzárselas.
Esto muestra que Sus adversarios perciben la declaración como intolerable y responden intentando matarlo.
La reacción confirma que entendieron Sus palabras como una afirmación extremadamente grave acerca de Su identidad.
Sin embargo, no consiguen apedrearlo. Jesús sale del templo y continúa Su camino.
Una vez más, la hostilidad de Sus adversarios no determina todavía el momento de Su muerte.
Implicaciones
- Jesús honra al Padre y recibe de Él Su gloria: la deshonra humana no determina Su verdadera identidad.
- Guardar la palabra de Jesús está ligado a la vida: la muerte no tiene dominio definitivo sobre quien recibe la vida que Él da.
- Abraham se gozó ante el día de Jesús: el patriarca hacia quien Sus adversarios apelaban no aparece en oposición a Cristo, sino esperando con gozo aquello que Dios cumpliría.
- Jesús existía antes de Abraham: Su existencia no comienza con Su nacimiento humano.
- «Yo Soy» constituye una afirmación extraordinaria de identidad divina: Jesús utiliza para Sí mismo un lenguaje profundamente asociado con la manera en que Dios se da a conocer.
- El rechazo alcanza aquí un punto extremo: Sus adversarios responden intentando apedrearlo.
Aplicaciones
- Guarda la palabra de Cristo: permanece en aquello que Él ha revelado y vive confiando en la vida que da.
- No permitas que una identidad o tradición religiosa te impida reconocer a Jesús: Sus adversarios apelaban a Abraham mientras rechazaban a Aquel cuyo día Abraham recibió con gozo.
- Reconoce a Jesús por quien Él realmente es: no lo reduzcas a un maestro, profeta o figura histórica.
- Honra al Hijo que el Padre glorifica: rechazar al Hijo contradice la pretensión de conocer verdaderamente al Padre.
- Recibe seriamente las afirmaciones de Jesús acerca de Sí mismo: Juan 8 culmina con una declaración que exige una respuesta acerca de Su verdadera identidad.
Resumen
En Juan 8:48–59, los adversarios de Jesús responden insultándolo y acusándolo de tener un demonio. Jesús afirma que honra al Padre y que es el Padre quien lo glorifica. Luego promete que quien guarda Su palabra no quedará bajo el dominio definitivo de la muerte. Cuando Sus oyentes preguntan si Él es mayor que Abraham, Jesús muestra que Abraham mismo se gozó de ver Su día. Finalmente declara: «antes que Abraham existiera, Yo Soy». Con estas palabras, Jesús no solamente afirma existir antes de Abraham, sino que se identifica con Dios mismo y revela Su identidad divina. Sus adversarios responden intentando apedrearlo, llevando el rechazo de Sus palabras hasta un nuevo punto de máxima hostilidad.
Oración
Padre nuestro, te damos gracias porque en Jesucristo has revelado con claridad quién es Tu Hijo.
Gracias porque Él da una vida sobre la cual la muerte no tiene dominio definitivo y porque Abraham se gozó ante el cumplimiento de Tus promesas.
Ayúdanos a guardar la palabra de Cristo y a recibir con humildad lo que Él ha revelado acerca de Sí mismo.
Guárdanos de permitir que nuestras tradiciones, ideas o expectativas nos impidan reconocer quién es verdaderamente Jesús.
Danos un corazón dispuesto a honrar al Hijo a quien Tú glorificas y a vivir confiando en la vida que Él da.
Te lo pedimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
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