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Juan 7:45–53:
Las autoridades rechazan el testimonio y juzgan injustamente a Jesús

45 Luego los oficiales vinieron a los principales sacerdotes y fariseos, quienes les dijeron: “¿Por qué no lo han traído?”. 46 Los oficiales respondieron: “¡Ningún hombre jamás ha hablado así como este hombre!”. 47 Así que los fariseos les respondieron: “¿También ustedes ha sido engañados? 48 ¿Acaso ha creído en Él alguno de los gobernantes o de los fariseos? 49 ¡Pero esta multitud que no conoce la ley es maldita!”. 50 Les dice Nicodemo (el que había venido a Él de noche, y que era uno de ellos): 51 “¿Acaso juzga nuestra ley a un hombre sin antes oírle y saber lo que hace?”. 52 Respondieron y le dijeron: “¿Eres tú también de Galilea? Busca y mira que ningún profeta se ha levantado de Galilea”. 53 Así que cada uno se fue a su propia casa.
Juan 7:45–53 (LPP)

Interpretación correcta de Juan 7:45–53

Después de que la multitud vuelve a dividirse acerca de Jesús y algunos intentan detenerlo (Juan 7:37–44), los oficiales enviados para arrestarlo regresan sin Él. Sus palabras provocan una reacción de desprecio por parte de los fariseos, mientras Nicodemo interviene para denunciar la injusticia de condenar a Jesús sin escucharlo.

(vv. 45–46)
«45 Luego los oficiales vinieron a los principales sacerdotes y fariseos, quienes les dijeron: “¿Por qué no lo han traído?”. 46 Los oficiales respondieron: “¡Ningún hombre jamás ha hablado así como este hombre!”.»

Los oficiales regresan ante quienes los habían enviado, pero lo hacen sin haber arrestado a Jesús.

Estos oficiales eran guardias vinculados al templo y actuaban bajo la autoridad de los principales sacerdotes y los fariseos. Habían recibido una orden concreta, por lo que las autoridades les exigen una explicación.

Su respuesta es sorprendente: “Ningún hombre jamás ha hablado así como este hombre”.

No afirman que la multitud les impidiera detenerlo ni que Jesús escapara. Lo que los detuvo fue escuchar sus palabras.

Esto no significa necesariamente que ya comprendieran plenamente quién era Jesús, pero sí que reconocieron algo único en su manera de enseñar. No pudieron tratarlo simplemente como a un agitador o un engañador.

Su testimonio confirma lo que Jesús había explicado anteriormente: su enseñanza no procedía de una formación humana ni de su propia iniciativa, sino del Padre que lo envió (Juan 7:16–18).

Los oficiales habían sido enviados para apresarlo, pero las palabras de Jesús los obligaron a detenerse y considerar a la persona que tenían delante.

(vv. 47–49)
«47 Así que los fariseos les respondieron: “¿También ustedes han sido engañados? 48 ¿Acaso ha creído en Él alguno de los gobernantes o de los fariseos? 49 ¡Pero esta multitud que no conoce la ley es maldita!”.»

Los fariseos no preguntan qué había dicho Jesús ni examinan por qué los oficiales quedaron impresionados.

En lugar de considerar su testimonio, los desacreditan: “¿También ustedes han sido engañados?”. Para ellos, cualquier reacción favorable hacia Jesús solo puede ser resultado del engaño.

Después apelan a su propia autoridad: “¿Acaso ha creído en Él alguno de los gobernantes o de los fariseos?”.

Su argumento no se basa en las Escrituras, en las palabras de Jesús ni en sus obras. Se basa en el prestigio de quienes ocupaban posiciones religiosas: si los gobernantes y los fariseos no creen, concluyen que Jesús no puede ser el Cristo.

Pero la verdad no depende de la aprobación de las personas influyentes. Además, su afirmación está a punto de quedar en entredicho, porque Nicodemo, quien era fariseo y gobernante, intervendrá en defensa de un procedimiento justo.

Finalmente, desprecian a la multitud diciendo que no conoce la Ley y que es maldita.

Su actitud revela orgullo espiritual. Se consideran superiores por su conocimiento, pero no muestran la justicia, la humildad ni la disposición a escuchar que la propia Ley exigía.

La ironía es evidente: acusan a la multitud de desconocer la Ley mientras ellos mismos están dispuestos a condenar a Jesús sin haberlo oído ni investigado correctamente.

(vv. 50–51)
«50 Les dice Nicodemo (el que había venido a Él de noche, y que era uno de ellos): 51 “¿Acaso juzga nuestra ley a un hombre sin antes oírle y saber lo que hace?”.»

Juan vuelve a presentar a Nicodemo, quien había acudido anteriormente a Jesús durante la noche (Juan 3:1–2).

La aclaración “que era uno de ellos” muestra que Nicodemo pertenecía al mismo grupo que acababa de afirmar que ninguno de los gobernantes o fariseos había creído en Jesús.

Nicodemo todavía no realiza una confesión pública completa acerca de Él. No declara abiertamente que sea el Cristo ni responde a todas las acusaciones.

Sin embargo, ya no permanece completamente en silencio.

Su pregunta apela a un principio elemental de justicia: la Ley no permite condenar a una persona sin escuchar primero su testimonio y conocer lo que ha hecho.

Nicodemo no pide que acepten a Jesús sin examinarlo. Pide precisamente que lo examinen de manera justa.

De este modo, expone la contradicción de sus compañeros. Ellos afirmaban defender la Ley, pero estaban juzgando a Jesús antes de oírlo y antes de investigar verdaderamente sus obras.

La intervención de Nicodemo también muestra cierto avance respecto a su encuentro nocturno con Jesús. Aunque todavía actúa con cautela, ahora se atreve a cuestionar públicamente la injusticia del grupo al que pertenece.

(v. 52)
«Respondieron y le dijeron: “¿Eres tú también de Galilea? Busca y mira que ningún profeta se ha levantado de Galilea”.»

Las autoridades no responden al argumento de Nicodemo.

No demuestran que la Ley permita condenar a una persona sin escucharla. En lugar de ello, lo atacan personalmente y lo asocian despectivamente con Galilea.

La pregunta “¿Eres tú también de Galilea?” no busca información. Es una burla mediante la cual sugieren que solamente alguien vinculado con aquella región podría defender a Jesús.

Su reacción demuestra que el prejuicio ha sustituido al juicio justo.

También le ordenan: “Busca y mira”. Sin embargo, ellos mismos no han investigado correctamente.

Su afirmación de que ningún profeta se había levantado de Galilea era demasiado absoluta. Jonás procedía de Gat-hefer, una localidad situada en la región de Galilea (2 Reyes 14:25). Algunos otros profetas también han sido relacionados con el norte de Israel, aunque sus lugares exactos de origen no siempre pueden determinarse con certeza.

Pero el problema principal no consiste únicamente en que olvidaran a Jonás. Incluso si ningún profeta hubiera procedido anteriormente de Galilea, eso no demostraría que Jesús fuera falso.

Además, como mostró la discusión en Juan 7:40–42, ellos daban por sentado que Jesús había nacido en Galilea sin investigar su relación con Belén.

Quienes se presentan como expertos mandan a Nicodemo investigar, mientras ellos mismos juzgan mediante información incompleta, prejuicio geográfico y desprecio personal.

(v. 53)
«53 Así que cada uno se fue a su propia casa.»

La reunión termina sin que Jesús haya sido arrestado.

Los oficiales no cumplieron la orden porque quedaron impactados por sus palabras. Nicodemo mostró que el procedimiento de las autoridades era contrario a la justicia de la Ley, y sus compañeros no pudieron responder a su argumento.

Finalmente, cada uno se marcha a su propia casa.

Este cierre no significa que la oposición haya terminado. Las autoridades continuarán rechazando a Jesús, pero en este momento no han logrado detenerlo ni justificar correctamente su condenación.

La escena comenzó con una orden de arresto y termina con las autoridades dispersándose sin Jesús. Sus planes fracasan, mientras el testimonio acerca de la autoridad de sus palabras permanece.

Implicaciones

  • Las palabras de Jesús poseen una autoridad única: incluso quienes fueron enviados para arrestarlo reconocieron que ningún hombre hablaba como Él.
  • La verdad no depende del respaldo de personas influyentes: la incredulidad de los gobernantes y fariseos no demostraba que Jesús fuera falso.
  • El conocimiento religioso puede producir orgullo cuando no está acompañado de humildad: los fariseos despreciaban a la multitud en lugar de examinar sinceramente la verdad.
  • La Ley exigía un juicio justo: condenar a Jesús sin escucharlo ni investigar sus obras contradecía aquello que las autoridades afirmaban defender.
  • El prejuicio impide responder a la verdad: en vez de contestar a Nicodemo, las autoridades atacaron su persona y despreciaron a Galilea.
  • Nicodemo comienza a manifestar públicamente una respuesta distinta: todavía no confiesa plenamente a Jesús, pero se niega a participar silenciosamente en una condenación injusta.

Aplicaciones

  • Escucha antes de juzgar: no llegues a conclusiones sobre una persona o una enseñanza sin conocer correctamente los hechos.
  • No permitas que la autoridad humana sustituya el examen de la verdad: una afirmación no se vuelve verdadera o falsa por la posición social de quienes la aceptan.
  • Evita despreciar a quienes tienen menos conocimiento: conocer las Escrituras debe producir humildad y justicia, no superioridad.
  • No respondas a un argumento atacando a la persona: el desprecio no sustituye una respuesta verdadera.
  • Defiende lo que es justo aunque quienes te rodean se opongan: Nicodemo habló dentro de su propio grupo para impedir una condenación injusta.
  • Examina tus prejuicios: las autoridades dejaron que su desprecio hacia Galilea les impidiera investigar correctamente a Jesús.

Resumen

En Juan 7:45–53, los oficiales enviados para arrestar a Jesús regresan sin Él porque quedan impresionados por sus palabras. Los fariseos rechazan su testimonio y apelan a la autoridad de los gobernantes, mientras desprecian a la multitud por no conocer la Ley. Nicodemo interviene recordando que la Ley no permite condenar a un hombre sin antes escucharlo e investigar sus obras. En lugar de responder a su argumento, las autoridades lo ridiculizan y muestran nuevamente el prejuicio con el que juzgan a Jesús.

Oración

Padre nuestro, te damos gracias por las palabras verdaderas y llenas de autoridad que has comunicado por medio de Tu Hijo.

Danos humildad para escuchar antes de juzgar y sinceridad para examinar la verdad sin dejarnos dominar por el orgullo, el prestigio humano o los prejuicios.

Guárdanos de utilizar Tu palabra para sentirnos superiores a otros mientras ignoramos la justicia y la misericordia que ella exige.

Danos también valor para defender lo que es justo, aun cuando quienes nos rodean prefieran condenar sin escuchar.

Ayúdanos a reconocer la autoridad de Jesús y a recibir con humildad las palabras que Él habló de parte Tuya.

Te lo pedimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Autor del estudio: Enrique Contreras
Texto bíblico utilizado

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