Juan 7:37–44:
Jesús promete el agua viva y la multitud se divide
40 Entonces al oír la palabra, muchos de la multitud comenzaron a decir: “¡Este en verdad es ‘el Profeta’!”. 41 Otros decían: “¡Este es el Cristo!”. Otros decían: “¿Acaso viene el Cristo de Galilea? 42 ¿No ha dicho la Escritura que el Cristo viene de la simiente de David y de la ciudad de Belén, de donde era David?”. 43 Así que hubo división entre la multitud a causa de Él. 44 Además, algunos de ellos querían detenerlo, pero ninguno le echó mano.
Juan 7:37–44 (LPP)
Interpretación correcta de Juan 7:37–44
Después de anunciar que regresaría al Padre y de provocar nuevas reacciones entre la multitud (Juan 7:31–36), Jesús hace una invitación pública en el último día de la Fiesta de los Tabernáculos. Se presenta como la fuente de agua viva, y Juan explica que hablaba del Espíritu Santo que recibirían quienes creyeran en Él. Sus palabras vuelven a producir división entre la multitud.
(v. 37)
«Ahora, en el último y más importante día de la fiesta, Jesús se puso en pie y clamó, diciendo: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba.»
Juan vuelve a situar la escena en la Fiesta de los Tabernáculos, mencionada al comienzo del capítulo. Esta celebración recordaba el cuidado de Dios durante el tiempo en que Israel habitó en tiendas en el desierto y daba gracias por la cosecha y la provisión divina.
La tradición judía describe que durante la fiesta se llevaba agua desde el estanque de Siloé hasta el templo y se derramaba ceremonialmente. Aunque Juan no menciona expresamente este rito, aquel trasfondo permite apreciar con mayor fuerza la declaración de Jesús: en el día culminante de la fiesta, Él llama públicamente a los sedientos para que acudan a su persona.
La invitación es abierta: “si alguien tiene sed”. La sed representa la profunda necesidad de vida que el ser humano no puede satisfacer por sí mismo. Jesús no dirige al sediento hacia una ceremonia, una institución o un esfuerzo religioso, sino hacia Él mismo: “que venga a mí y beba”.
Venir a Jesús y beber significa acudir a Él creyendo, como ya había explicado mediante la imagen del pan de vida en Juan 6:35. Jesús se presenta así como aquel que da la vida prometida por Dios.
(v. 38)
«El que cree en mí, como ha dicho la Escritura, de lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva”.»
Jesús confirma que venir a Él y beber significa creer en Él. Quien cree no recibe solamente un alivio pasajero, sino una vida abundante descrita como “ríos de agua viva” que brotan desde lo más profundo de su ser.
La expresión “como ha dicho la Escritura” no parece reproducir literalmente un único versículo, sino resumir varias promesas del Antiguo Testamento. Dios invita al sediento a acudir a las aguas (Isaías 55:1), promete derramar agua sobre la tierra seca y su Espíritu sobre su pueblo (Isaías 44:3), anuncia que sacarán agua de las fuentes de la salvación (Isaías 12:3) y presenta corrientes de agua que llevan vida (Ezequiel 47:1–12; Zacarías 14:8).
Esta agua viva no se origina naturalmente en el ser humano. Primero debe venir a Cristo y beber. La vida continúa procediendo de Él, pero obra ahora en el interior del creyente como una fuente abundante.
(v. 39)
«(Y dijo esto con respecto al Espíritu que habrían de recibir los que creen en Él, porque todavía no había Espíritu Santo, pues Jesús aún no había sido glorificado.)»
Juan explica directamente qué representan los ríos de agua viva: Jesús hablaba del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo no es una fuerza impersonal, una emoción o una influencia abstracta. Es el Espíritu de Dios, quien actúa personalmente y comunica vida.
Juan ya había mostrado al Espíritu descendiendo y permaneciendo sobre Jesús (Juan 1:32–33), obrando en el nuevo nacimiento (Juan 3:5–8) y dando vida mediante las palabras del Hijo (Juan 6:63).
El Espíritu Santo es Dios, pero no es el Padre ni el Hijo. En este desarrollo, el Padre cumple su propósito, el Hijo invita a venir y creer, y el Espíritu comunica la vida de Dios en quienes creen.
Cuando Juan dice “que todavía no había Espíritu Santo”, no significa que el Espíritu no existiera ni que nunca hubiera actuado antes. El propio Evangelio ya había mencionado su presencia y su obra.
Significa que todavía no había sido dado a los creyentes de la manera nueva y permanente que seguiría a la glorificación de Jesús.
La glorificación de Jesús se relaciona con el cumplimiento de su misión, su entrega y su regreso al Padre. Después de esa obra, quienes creyeran recibirían al Espíritu como la presencia de Dios obrando en ellos.
(v. 40–42)
«40 Entonces al oír la palabra, muchos de la multitud comenzaron a decir: “¡Este en verdad es ‘el Profeta’!”. 41 Otros decían: “¡Este es el Cristo!”. Otros decían: “¿Acaso viene el Cristo de Galilea? 42 ¿No ha dicho la Escritura que el Cristo viene de la simiente de David y de la ciudad de Belén, de donde era David?”.»
Las palabras de Jesús provocan diferentes respuestas entre la multitud.
Algunos lo identifican como “el Profeta”, recordando al profeta semejante a Moisés que había sido anunciado en Deuteronomio 18:15.
Otros declaran directamente: “Este es el Cristo”.
Sin embargo, otro grupo rechaza esa conclusión porque relaciona a Jesús con Galilea. Ellos recuerdan correctamente que el Cristo debía proceder de la descendencia de David y estar relacionado con Belén, la ciudad de David, como anunciaba Miqueas 5:2.
El problema no estaba necesariamente en la profecía que citaban, sino en la información incompleta que tenían acerca de Jesús.
Sabían que había crecido y desarrollado gran parte de su ministerio en Galilea, pero desconocían que había nacido en Belén y que pertenecía a la descendencia de David.
La ironía es evidente: utilizan una profecía verdadera para rechazar precisamente a aquel en quien esa profecía se cumple.
Esto vuelve a mostrar el peligro de juzgar por las apariencias y de llegar a conclusiones sin conocer completamente los hechos.
(v. 43–44)
«43 Así que hubo división entre la multitud a causa de Él. 44 Además, algunos de ellos querían detenerlo, pero ninguno le echó mano.»
La división surge “a causa de Él”.
Jesús no es presentado como una figura que pueda ser observada con indiferencia. Sus palabras y su identidad exigen una respuesta.
Algunos lo reconocen como el Profeta o el Cristo; otros rechazan esa posibilidad, y algunos incluso quieren detenerlo.
Sin embargo, ninguno logra echarle mano. Como se había indicado anteriormente, su hora todavía no había llegado.
La oposición era real, y quienes querían arrestarlo eran responsables de su intención. Pero no podían adelantar el momento establecido para el cumplimiento de la misión de Jesús.
Implicaciones
- Jesús es la fuente de la verdadera vida: todo el que reconoce su sed es invitado a venir a Él y beber.
- La invitación de Jesús es abierta: “si alguien” tiene sed puede venir a Él creyendo.
- El Espíritu Santo comunica la vida prometida: no es una fuerza impersonal, sino el Espíritu de Dios que obra en quienes creen.
- La obra del Padre, del Hijo y del Espíritu está unida: el Padre cumple su propósito, el Hijo invita y es glorificado, y el Espíritu da vida.
- Conocer parcialmente las Escrituras puede conducir a conclusiones equivocadas: algunos conocían la profecía sobre Belén, pero ignoraban los hechos acerca de Jesús.
- La persona de Jesús produce división: sus palabras exigen una respuesta y revelan la disposición del corazón.
- La oposición no controla la misión de Cristo: nadie pudo arrestarlo antes del momento establecido.
Aplicaciones
- Reconoce tu sed y ven a Cristo: no intentes satisfacer tu necesidad de vida mediante sustitutos religiosos o temporales.
- Cree en Jesús y depende de la obra del Espíritu: la vida interior que Dios promete no puede producirse mediante esfuerzo humano.
- No juzgues con información incompleta: examina cuidadosamente los hechos antes de rechazar lo que Dios ha revelado.
- No utilices correctamente una parte de la Escritura para sostener una conclusión equivocada: interpreta cada verdad dentro del testimonio completo de Dios.
- Responde personalmente a Jesús: no permanezcas solamente entre las opiniones de otros acerca de Él.
Resumen
En Juan 7:37–44, Jesús invita públicamente a todo el que tenga sed a venir a Él y beber. Juan explica que hablaba del Espíritu Santo, quien sería recibido por quienes creyeran en Él después de su glorificación. La multitud vuelve a dividirse: algunos reconocen a Jesús como el Profeta o el Cristo, mientras otros lo rechazan por una comprensión incompleta de su origen. Aunque algunos intentan detenerlo, nadie logra echarle mano.
Oración
Padre nuestro, te damos gracias porque en Tu Hijo has abierto la fuente de vida para todo el que tiene sed.
Ayúdanos a venir a Cristo, creer en Él y depender de la vida que comunicas por medio de Tu Espíritu Santo.
Gracias porque Tu Espíritu obra personalmente en quienes creen, haciendo brotar en ellos la vida que solamente procede de Ti.
Guárdanos de juzgar con información incompleta, de utilizar Tu palabra de manera equivocada y de permitir que nuestros prejuicios nos impidan reconocer la verdad.
Danos un corazón dispuesto a recibir a Jesús como el Cristo y a vivir por la vida que Tú has dado en Él.
Te lo pedimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
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