Juan 3:9–15:
El Hijo del Hombre tiene que ser levantado
Juan 3:9–15 (LPP)
Interpretación correcta de Juan 3:9–15
Después de declarar que es necesario nacer de lo Alto, mediante la obra del Espíritu (Juan 3:1–8), Jesús continúa respondiendo a la incomprensión de Nicodemo. Siendo «el maestro de Israel», Nicodemo debería haber reconocido en las Escrituras la promesa de limpieza y renovación que Dios realizaría en Su pueblo. Jesús muestra entonces por qué puede hablar con absoluta autoridad acerca de estas cosas: Él es el Hijo del Hombre que bajó del Cielo. Finalmente, lleva a Nicodemo nuevamente a la historia de Israel y anuncia que, así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, también el Hijo del Hombre tiene que ser levantado para que quien cree en Él tenga vida eterna.
(v. 9)
«Nicodemo respondió y le dijo: “¿Cómo puede ser esto?”.»
Nicodemo ya no pregunta por un segundo nacimiento físico. Ahora pregunta cómo puede ocurrir aquello que Jesús acaba de describir: el nacimiento producido por el Espíritu.
Su pregunta permite que Jesús lleve la conversación todavía más lejos. Primero mostrará que Nicodemo debería conocer las promesas de renovación dadas a Israel y luego explicará por qué Él posee autoridad para revelar las realidades celestiales.
(v. 10)
«Jesús respondió y le dijo: “¿Tú eres el maestro de Israel, y no entiendes estas cosas?»
Jesús señala la responsabilidad particular de Nicodemo: no es solamente un maestro, sino «el maestro de Israel».
Por eso su incomprensión resulta especialmente significativa. Jesús no ha presentado el nuevo nacimiento como una enseñanza completamente desconectada de las Escrituras que Nicodemo conocía.
Dios ya había prometido limpiar a Su pueblo, darle un corazón nuevo y poner Su Espíritu dentro de él (Ezequiel 36:25–27). Como maestro de Israel, Nicodemo debería haber reconocido el trasfondo de las palabras de Jesús acerca de nacer «de agua y de Espíritu».
La pregunta de Jesús confirma así que el nuevo nacimiento pertenece al cumplimiento de aquello que Dios ya había prometido realizar.
(v. 11)
«Con toda certeza te digo, hablamos lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no reciben nuestro testimonio.»
Jesús responde utilizando un lenguaje que recuerda intencionalmente las palabras con las que Nicodemo había comenzado la conversación.
Nicodemo había dicho: «sabemos» que Jesús viene de Dios porque han observado Sus señales. Jesús responde: «hablamos lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto».
Existe, sin embargo, una diferencia fundamental. El conocimiento de Nicodemo procede de deducciones hechas a partir de las señales; Jesús habla desde un conocimiento directo de las realidades que revela.
El plural «hablamos» y «damos testimonio» no necesita ser identificado aquí con absoluta precisión. El énfasis recae en la certeza del testimonio que Jesús presenta frente al «sabemos» limitado de Nicodemo y sus compañeros.
Pero Jesús añade el verdadero problema: «ustedes no reciben nuestro testimonio».
De nuevo aparece uno de los grandes temas del Evangelio: no basta con tener información acerca de Jesús; es necesario recibir Su testimonio.
(v. 12)
«Si les he dicho cosas terrenales y no creen, ¿cómo van a creer si les dijera las celestiales?»
Jesús distingue entre lo que ya ha explicado y una revelación todavía mayor.
Las «cosas terrenales» no deben entenderse simplemente como las imágenes del agua, el nacimiento o el viento. Jesús ha hablado de una obra de Dios que ocurre en los seres humanos aquí en la tierra: la necesidad de nacer de lo Alto.
Si no reciben siquiera esta enseñanza acerca de la obra de Dios entre los hombres, ¿cómo recibirán aquello que Jesús puede revelar acerca de las realidades celestiales?
La pregunta prepara inmediatamente el siguiente versículo, donde Jesús explica por qué Él sí puede hablar de ellas: ha bajado del Cielo.
(v. 13)
«Y nadie ha subido al Cielo sino Aquel que bajó del Cielo: el Hijo del Hombre, que está en el Cielo.»
Jesús explica por qué Su testimonio acerca de las cosas celestiales posee una autoridad incomparable.
Ningún ser humano ha subido al Cielo para obtener por sí mismo ese conocimiento y después traerlo a los hombres. El conocimiento celestial viene desde arriba porque Aquel que lo revela ha bajado del Cielo.
Ese es el Hijo del Hombre.
La afirmación conecta directamente con el prólogo. La Palabra estaba con Dios, se hizo carne y vino a habitar entre los hombres; ahora Jesús declara que Él es Aquel que bajó del Cielo.
Pero Jesús añade algo todavía más extraordinario: «el Hijo del Hombre, que está en el Cielo». Mientras habla con Nicodemo en la tierra, afirma una relación presente con el Cielo que trasciende la condición de cualquier maestro humano.
El Hijo del Hombre no es simplemente alguien que recibió información celestial: Su origen y Su relación con el Cielo son únicos, y por eso puede dar testimonio verdadero de las realidades de Dios.
(vv. 14–15)
«14 Además, así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, el Hijo del Hombre tiene que ser levantado, 15 para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna.»
Jesús vuelve ahora a una historia que Nicodemo, como maestro de Israel, debía conocer bien.
En Números 21:4–9, Israel había pecado contra Dios y se encontraba bajo juicio. Serpientes venenosas mordían al pueblo y muchos morían. Cuando el pueblo reconoció su pecado, Dios ordenó a Moisés levantar una serpiente sobre un asta, y quien era mordido podía mirarla y vivir.
Jesús establece una correspondencia entre aquella escena y Su propia misión:
«así como Moisés levantó la serpiente... el Hijo del Hombre tiene que ser levantado».
El verbo «tiene que» expresa necesidad: aquello que ocurrirá al Hijo del Hombre forma parte del propósito de Dios.
Ser «levantado» anunciará Su muerte, aunque Juan irá dando a esta expresión una profundidad todavía mayor conforme avance el Evangelio: el mismo acto en que los hombres lo levantan para matarlo será también parte de Su exaltación y glorificación.
El propósito queda expresado en el versículo 15: «para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna».
Así como los israelitas condenados no podían sanar por sí mismos y recibían vida al responder al medio que Dios había provisto, la vida eterna se encuentra ahora en relación con el Hijo del Hombre levantado.
Implicaciones
- Las promesas del nuevo nacimiento estaban arraigadas en las Escrituras de Israel: Nicodemo debería haber reconocido la promesa de limpieza y renovación por el Espíritu.
- El conocimiento de Jesús supera las deducciones humanas acerca de Él: Nicodemo dice «sabemos» por las señales; Jesús da testimonio de aquello que conoce y ha visto.
- Jesús puede revelar las realidades celestiales porque bajó del Cielo: Su autoridad no procede simplemente de formación o revelación recibida como la de otro maestro.
- El Hijo del Hombre posee una relación única con el Cielo: incluso estando en la tierra, Jesús habla de Sí mismo como «el que está en el Cielo».
- El Hijo del Hombre tenía que ser levantado: Su muerte pertenece al propósito de Dios y no será un accidente inesperado.
- La vida eterna está unida al Hijo levantado: quien cree en Él no se pierde, sino que recibe vida eterna.
- Jesús cumple aquello que la serpiente levantada anticipaba como patrón: Dios proporciona el medio de vida para quienes están bajo muerte.
Aplicaciones
- No descanses solamente en conocimiento bíblico: Nicodemo conocía las Escrituras, pero necesitaba comprender hacia quién señalaban.
- Recibe el testimonio de Jesús por encima de tus propias conclusiones acerca de Él: Él habla desde un conocimiento que ningún maestro humano posee.
- Reconoce en Jesús al Hijo que vino del Cielo: no lo reduzcas a un maestro acompañado por Dios.
- Mira al Hijo levantado como la provisión de Dios frente a tu condición: la vida no puede producirse desde ti mismo.
- Cree en Jesucristo: Jesús promete vida eterna a todo el que cree en Él.
- Lee las historias de Israel teniendo en cuenta cómo encuentran su plenitud en Cristo: la serpiente levantada prepara una realidad mucho mayor en el Hijo del Hombre.
Resumen
En Juan 3:9–15, Nicodemo pregunta cómo puede ocurrir el nacimiento de lo Alto. Jesús le reprocha que, siendo «el maestro de Israel», no comprenda aquello que Dios ya había prometido acerca de la limpieza y renovación de Su pueblo. Luego contrasta el conocimiento limitado de Nicodemo con Su propio testimonio: Jesús habla de lo que sabe y ha visto porque es el Hijo del Hombre que bajó del Cielo y que está en el Cielo. Finalmente, lleva a Nicodemo a Números 21: así como Moisés levantó la serpiente para que los israelitas bajo juicio pudieran vivir, el Hijo del Hombre tiene que ser levantado, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. De este modo, la enseñanza acerca del nuevo nacimiento conduce finalmente hacia Jesús mismo, el Hijo venido del Cielo que será levantado para dar vida.
Oración
Padre nuestro, te damos gracias porque Tu Hijo bajó del Cielo para darnos a conocer aquello que nosotros no podríamos alcanzar por nuestra propia sabiduría.
Ayúdanos a recibir Su testimonio con humildad y a comprender las Escrituras a la luz de Él.
Gracias porque, así como proveíste vida para Israel en el desierto, has provisto en Jesucristo la vida que nosotros no podemos producir por nosotros mismos.
Enséñanos a mirar al Hijo del Hombre levantado y a confiar en Él, sabiendo que todo el que cree en Él no se pierde, sino que tiene vida eterna.
Y permite que nuestra comprensión de Cristo continúe creciendo conforme escuchamos Su palabra.
Te lo pedimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
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