Juan 1:6–13:
El testimonio acerca de la Luz y los hijos de Dios
Juan 1:6-13 (LPP)
Interpretación correcta de Juan 1:6–13
Después de presentar a la Palabra como eterna, divina, creadora, fuente de vida y Luz de los hombres (Juan 1:1–5), Juan introduce ahora a un hombre enviado por Dios para dar testimonio acerca de esa Luz. El centro continúa siendo la Luz, pero el texto comienza también a mostrar cómo responde la humanidad ante Su presencia: el mundo no la reconoce y los suyos no la reciben; sin embargo, quienes la reciben creyendo en Su nombre reciben el derecho de ser hechos hijos de Dios.
(v. 6)
«Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan.»
Después de hablar de la Palabra que ya existía «en el principio», Juan introduce ahora a un hombre que apareció dentro de la historia.
La diferencia es intencional. La Palabra ya era antes de toda creación; Juan es simplemente «un hombre enviado por Dios».
Su importancia procede precisamente de ese envío. No habla por iniciativa propia, sino que recibe de Dios una misión que el Evangelio explicará inmediatamente.
(v. 7)
«Este hombre vino como testigo, para dar testimonio acerca de la Luz, a fin de que todos creyeran por medio de él.»
La misión de Juan consiste en dar testimonio acerca de la Luz.
El testigo no es el objeto al que deben dirigirse los hombres; su función es señalar a otro. El propósito de su testimonio es que las personas lleguen a creer por medio de aquello que él declara.
Juan introduce aquí otro tema que recorrerá todo el Evangelio: el testimonio acerca de Jesús. Más adelante aparecerán otros testigos, pero Juan es presentado desde el comienzo como el hombre enviado para señalar públicamente a la Luz.
(v. 8)
«Él no era la Luz, sino que estaba para dar testimonio acerca de la Luz:»
Juan establece inmediatamente el límite de la misión del testigo: Juan no era la Luz.
Por importante que fuera su misión, no debía confundirse con Aquel a quien anunciaba. Su grandeza consistía precisamente en señalar fuera de sí mismo.
Esta aclaración resultará significativa más adelante, cuando el propio Juan niegue ser el Cristo y vuelva a dirigir la atención hacia Jesús.
(v. 9)
«la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo.»
Juan identifica a Aquel de quien Juan daba testimonio como «la Luz verdadera».
«Verdadera» no significa solamente que no sea falsa. En Juan, este lenguaje señala aquello que posee de manera plena y definitiva la realidad a la que otras cosas podían señalar.
La Luz tiene además un alcance que no queda limitado a un grupo particular: ilumina a todo hombre que viene al mundo.
Juan comienza así a ampliar el horizonte. La Luz que aparecerá dentro de la historia de Israel no pertenece únicamente a Israel; Su relación alcanza a la humanidad.
(vv. 10–11)
«10 Él estaba en el mundo, el mundo que fue hecho por Él, pero el mundo no lo conoció. 11 Él vino a lo suyo, y los suyos no lo recibieron.»
Juan presenta una profunda ironía.
La Luz entra en el mundo que había sido hecho por medio de Él, pero el mundo no reconoce a su propio Creador.
Después el rechazo se vuelve todavía más cercano: «vino a lo suyo, y los suyos no lo recibieron».
La expresión «lo suyo» señala aquello que le pertenecía, mientras que «los suyos» dirige la atención hacia Su propio pueblo. Aquel que viene no llega como extraño: viene a aquello que le pertenece y al pueblo dentro del cual Dios había preparado Su venida.
Sin embargo, la respuesta predominante es el rechazo.
Juan introduce así desde el prólogo una tensión que aparecerá repetidamente en el Evangelio: Jesús viene a Su propio pueblo, pero muchos de aquellos que deberían reconocerlo no lo reciben.
(v. 12)
«Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en Su nombre, a ellos les dio el derecho de ser hechos hijos de Dios;»
El «pero» introduce el gran contraste. El rechazo no fue la única respuesta.
Juan explica qué significa recibirlo: creer en Su nombre.
En la Biblia, el «nombre» representa a la persona tal como se da a conocer. Creer en Su nombre no consiste simplemente en aceptar que Jesús existe, sino en confiar en Él conforme a la identidad que el Evangelio irá revelando.
A quienes lo reciben de esta manera, Él les concede «el derecho de ser hechos hijos de Dios».
Juan no presenta aquí a todos los seres humanos como hijos de Dios por naturaleza. Esta condición es concedida a quienes reciben a la Luz creyendo en Su nombre.
(v. 13)
«los cuales fueron engendrados, no por sangre, ni por el deseo de la carne, ni por la voluntad de un varón, sino por Dios.»
Juan explica ahora de dónde procede la condición de hijos de Dios mencionada en el versículo anterior.
No procede «por sangre», es decir, de descendencia natural. Tampoco tiene su origen en la generación humana, expresada mediante «el deseo de la carne» y «la voluntad de un varón».
La conclusión concentra todo el énfasis: «sino por Dios».
Ser hijo de Dios requiere un nacimiento cuyo origen está en Dios, no en la genealogía ni en la generación humana.
Juan todavía no desarrolla aquí cómo ocurre ese nacimiento. Lo hará de manera mucho más amplia cuando Jesús hable con Nicodemo acerca de nacer de arriba / nacer de Dios en el capítulo 3.
Implicaciones
- Juan es un testigo enviado por Dios: su misión consiste en señalar a la Luz, no en ocupar Su lugar.
- Jesús es la Luz verdadera: Su alcance no queda limitado a un grupo particular, sino que se dirige hacia la humanidad.
- El Creador fue rechazado por Su propia creación: el mundo hecho por medio de Él no lo reconoció.
- Jesús vino a los suyos, pero muchos no lo recibieron: el prólogo anticipa el rechazo que recorrerá el Evangelio.
- Recibir a Jesús significa creer en Su nombre: confiar en Él conforme a quien verdaderamente es.
- Ser hijo de Dios es una condición concedida, no natural: quienes reciben a Cristo reciben ese derecho.
- El nacimiento de los hijos de Dios procede de Dios: no de descendencia ni generación humanas.
Aplicaciones
- Señala a Cristo y no a ti mismo: Juan entendió que su misión era dar testimonio acerca de la Luz.
- Recibe a Jesús conforme a quien Él es: no basta estar cerca de aquello que pertenece a Dios; «los suyos» podían rechazarlo.
- Cree en Su nombre: escucha cómo este Evangelio revela progresivamente la identidad de Jesús y deposita tu confianza en Él.
- No confíes en una herencia religiosa o familiar para ser hijo de Dios: Juan afirma que este nacimiento no procede de la descendencia humana.
- Reconoce que tu relación como hijo con Dios tiene su origen en Él: es Dios quien engendra a Sus hijos.
Resumen
En Juan 1:6–13, Juan es presentado como un hombre enviado por Dios para dar testimonio acerca de la Luz verdadera. Él no era la Luz, sino el testigo que debía señalarla para que otros creyeran. La Luz vino al mundo que había sido hecho por medio de Él, pero el mundo no lo conoció; vino a lo suyo, y los suyos no lo recibieron. Sin embargo, quienes lo reciben creyendo en Su nombre reciben el derecho de ser hechos hijos de Dios. Esta condición no procede de descendencia ni generación humanas, sino de un nacimiento cuyo origen está en Dios. Juan introduce así dos respuestas que recorrerán todo el Evangelio: rechazar a Jesús o recibirlo creyendo en Él.
Oración
Padre nuestro, te damos gracias porque enviaste testimonio acerca de la Luz verdadera.
Ayúdanos a mirar a Jesucristo y a recibir el testimonio que Tú has dado acerca de Él.
Guárdanos de estar cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, rechazar a Tu Hijo. Enséñanos a conocerlo tal como este Evangelio lo revela y a creer en Su nombre.
Gracias porque a quienes reciben a Cristo les das el derecho de ser hechos hijos Tuyos, una condición que no procede de descendencia humana, sino de Ti.
Haznos también testigos que señalen con humildad hacia Jesús y nunca ocupen el lugar que solamente le pertenece a Él.
Te lo pedimos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
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